MORIR EN EL SIGLO XXI, Sergio Cobo Durán

Okubirito ha sido traducida al inglés como Departures y llega a España después de ganar el Óscar a mejor película de habla no inglesa venciendo a interesantes propuestas, como el documental de animación Vals con Bashir (2008, Ari Folman). Yojiro Takita, director japonés consolidado gracias a su obra cercana al cine de samuráis, opta por una pausa de luchas por honor en su filmografía para componer una sinfonía visual alrededor de la dualidad entre vida y muerte.

La obra está construida con el detenimiento y cuidado que el cine japonés lleva décadas demostrando que sabe hacer. Para ello, no sólo hay que ver a los clásicos Ozu y Kurosawa, sino a coetáneos del director como Miike o Iwai. La trama toma como centro una milenaria tradición nipona consistente en preparar el cadáver del fallecido para vestirlo y presentarlo ante todos sus familiares para la que será su última despedida. Un rito que servirá al director para adentrarse en una profunda reflexión sobre la importancia del último adiós y el paso a la muerte.

Se trata de una película que desde su origen estaba pensada para un público occidental como receptor y que hace un guiño con total evidencia al cine europeo tanto en su realización y dramatización como en su composición. Es una más que explícita autoconciencia de su preocupación por agradar en Occidente. De hecho, no es nada casual que la primera música que escuchamos sea la novena sinfonía de Beethoven, para algunos convertida a día de hoy en la canción que representa la idiosincrasia europea.

No es algo que nos sorprenda en demasía, si bien hace años que la occidentalización del cine japonés en ciertos realizadores era más que evidente. Basta con hacer un breve repaso al cine de Kitano, en el que la estrategia es la de incluir lo exótico dentro del menú cinematográfico más europeísta, de modo que no choque ni impacte al espectador medio, que le sea comprensible y que en ningún caso genere frustración por sus anomalías y diferencias, aunque esta adaptación conlleve un sacrificio estético tanto a nivel formal como conceptual del cine nipón más fundamentalista, en el sentido más positivo del término.

El leitmotiv constante del realizador por occidentalizar su producto le hace no ser demasiado severo en su visión de la muerte. Del mismo modo, lejos de dejarse llevar por argumentos de patética misericordia incluye diálogos brillantes y escenas de humor negro que consiguen hacer sonreír al más sensible de sus espectadores. Sin embargo, no rechaza la reflexión acerca de la temporalidad del ser humano y de la inmediatez del final.

La muerte es uno de los temas más clásicos y recurrentes en la tragedia griega. Siempre ha existido y preocupado a intelectuales, filósofos y artistas; generación tras generación ha estado vigente de forma más o menos escalonada pero constante. Aun así, estamos en un momento diferente donde el ritmo de las ciudades y la era de las posmodernidades hace temer más en reconocer el fin, lo que obliga a extraerla de las ciudades, alejarla, con el fin de olvidarla e intentar eliminarla de nosotros. Esto explica que la muerte esté cada vez más alejada, más oculta, incluso más dogmatizada.

Parece que existe un pánico en reconocer su existencia y vivir sabiendo que tarde o temprano llegará la hora. Es por eso que la apuesta por mostrarla de forma tan natural y vital por la que opta Takita es un doble acierto. En primer lugar por la naturalización del hecho, la muerte en familia, la despedida de los familiares, de los amigos, frente a la constante tendencia de alejarla de nuestras vidas. La gente muere sola en hospitales alejados o en residencias llenas de habitaciones vacías frente a la integración que nos propone el realizador, una integración mucho más vitalista que nos ayuda a eliminar temores y complejos; aceptarla como natural nos ayuda a vivir de forma más intensa.

En segundo lugar porque tanto el montaje como la narración de la obra consiguen distraer gracias a los constantes giros de guión que transitan de lo dramático a lo cómico. A pesar de revelarnos desde el inicio el eminente final a través de un flashfoward, la capacidad de combinar lo transcendental con un macabro humor negro ayuda a conectar con el espectador. Por momentos la interpretación de los actores está demasiado contrastada, lo que hace pasar de lo sublime a lo grotesco de forma tan rápida que en ocasiones impacta y saca de la obra.

Sin embargo, nos encontramos ante una película bien construida en guión que respeta los tiempos de narración y no se olvida del espectador. Quizás sea demasiado amable en cuanto al tratamiento del contenido que, ante la preocupación por suavizar el impacto, peca de superficialidad en algunos momentos, pero sin duda es una buena composición. Estamos ante una correcta y bien trabajada obra en sentido visual que aparece acompañada de una buena resolución respecto a contenido.

Departures