“¡Les iban a dar por culo a éstos...!”
Paul Naschy
La opera prima del también operador de fotografía y productor Christian Molina fue muy esperada en su momento por los miles de fans de Paul Naschy -pseudónimo de Jacinto Molina, prolífico actor, director, guionista, diseñador, boxeador y levantador de pesos español-. Nominada a mejor película internacional en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Porto -Fantasporto- en 2005, la cinta es un homenaje explícito a la época dorada del cine de terror español de las décadas de 1960 y '70 principalmente -el llamado terror de pipas- en la que León Klimovsky, Jesús Franco, José Luís Madrid, Eugenio Martín, Jorge Grau, Amando de Ossorio o el propio Paul Naschy llenaron la filmografía del cine nacional de películas de vísceras, vampiresas, monstruos, fantasía y horror, de localizaciones imposibles y situaciones extraordinarias.
Rojo Sangre cuenta la historia del actor Pablo Thevenet, una vieja gloria venida a menos que, olvidada y rechazada por el sistema que le encumbró, decide vengarse de él -sin duda un trasunto de la propia vida artística de Paul Naschy, que sonroja al negocio con esta película en la que participa como guionista-.
Se trata de una obra metacinematográfica y autorreferencial, pues constantemente Naschy hace alusiones a sí mismo, citando películas suyas como El huerto del francés (Jacinto Molina, 1978) -de la que recientemente confesó que considera uno de sus tres mejores trabajos-, o personajes por él interpretados durante décadas como Don Juan Tenorio, Iván el Terrible, Jack el Destripador, Barbazul, etc. Las referencias al universo Naschy son constantes, y quedan reivindicadas desde los títulos de crédito, donde el nombre de los actores aparece debajo de fotogramas de películas reales protagonizadas por el propio Naschy. Realidad y ficción se mezclan en este ejercicio autobiográfico que supone la aportación de J. Molina al guión.
En él hace frente a lo que se ha convertido cierta parte de la industria cinematográfica y televisiva, repleta de famoseo de papel cuché; a ese excedente audiovisual que consumimos a diario. A la sociedad que J. Molina rechaza le dedica, las más de las veces por boca de Pablo Thevenet, estas lindezas: “el éxito, la fama... son una puta mierda”, “con una buena silicona, sobra el talento”, “la caspa vende, triunfa el petardeo”, “el triunfo es cosa de la lengua... hay que lamer muchos culos”. Esa sociedad del exceso, de la hipérbole, de la hipertrofia, merece ser cercenada en una operación que Thevenet puntualiza así: “no le llames crímenes, llámalo cirugía reparadora”.
Para llevar a cabo la operación Thevenet, se produce un cambio significativo respecto a las películas que lanzaron a Paul a la fama -La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1971), El retorno del hombre lobo (Jacinto Molina, 1980), etc.-. Los monstruos que poblaron esas películas de las que Naschy formó parte, en cualquiera de sus facetas, y que eran una suerte de adaptación nacional de las criaturas de la Universal -apareciendo incluso cuando en el ámbito anglosajón ya se habían superado y extinguido-, dan paso a un tratamiento del terror basado en la realidad. No son monstruos los que matan en esta cruzada de J. Molina. Los poderes sobrehumanos de las criaturas han dado paso a la furia natural del hombre, como haciendo constatar que no se necesita nada más que una buena daga -en este caso bastón- para sesgar vidas. Aunque esta vuelta a la realidad es significativa, no es absoluta. Naschy no renuncia del todo a lo sobrenatural, de ahí que nos encontremos, al final de la película, con la aparición un tanto descontextualizada y algo improvisada del mismísimo Lucifer.
Al estilo de las películas de los '60-'70 en las que lo espaciotemporal no se definía precisamente por su precisión -donde Madrid es Alemania y los personajes se llaman Hans Burguer y Dr. Tauchner en El jorobado de la morgue (Javier Aguirre, 1973)-, el debut de Christian Molina hace un guiño a ese afán nostálgico por desubicar al espectador. Aunque reconocemos claramente Barcelona en Rojo Sangre, en ella se alude constantemente a ejemplos de una realidad que parece transcurrir paralela, donde los premios Goya son los de otro gran pintor, los Murillo. Parece que el director no se haya querido desprender de ese regusto a no-lugar que destilaban esas cintas y que las ha hecho imperecederas.
En la película, como en la vida, Molina-Naschy-Thevenet tiene otro pseudónimo, Leonardo Capistrano, que vuelve dolido -aunque se finja indolente- de las tinieblas para recoger un Murillo. Esto referencia una vez más el propio devenir de Jacinto, al que, aun reconocida su carrera artística por los galardones más prestigiosos -la Medalla de Oro de las Bellas Artes, el Premio Carl Lammle-, se le resiste todavía el Murillo.
El debut de Christian Molina cuenta con unos efectos especiales muy depurados, que aparecen sobre todo durante los asesinatos, pero también en las transiciones, a las que se dedica una atención especial a lo largo de la película. Algunas de ellas son de marcada estética setentera, haciendo homenaje a ese tipo de cine del que bebe Christian Molina, como la del afiche del teléfono que suena y se funde en uno de verdad, o las que tienen al champagne vertido como protagonista. Esas, además, nos reportan a aquéllas cintas en las que Naschy era un seductor incombustible. Aquí sigue igual de mujeriego -a una le espeta un “eres una maravilla genética” que ríete tú de Casanova-, y no falta la escena consumada del amante implacable, un tanto elidida -eso sí-, con Tic-Tac -Mehn Wai-. La película cuenta, además, con algunas audacias a reseñar, como la resolución de un asesinato por el tantas veces visitado recurso a la sombra, verdadera marca primigenia del género; o un curioso tratamiento del sonido -ese eterno olvidado- que enfatiza pero no resulta redundante.
Rojo Sangre se estrena ahora en las salas, cinco años después de que Paul Naschy repartiera lo suyo a los chupasangres y farsantes que saturan los medios. Un buen ejercicio para limpiar la mirada después de la sobreexposición a la que nos somete Belén Esteban en su enésima aparición pública. Ya lo dijo Naschy -¿o fue Jacinto Molina?: “¡les iban a dar por el culo a éstos!...”.