DOMINGO DE CARNAVAL

Fondo

Como si de un whodunit se tratara, el telón de Domingo de carnaval se abre con un asesinato. Una primera lectura de la película, en clave de cine de género de intriga policíaco, muestra cómo el filme funciona con un MacGuffin -el supuesto brazalete de diamantes, que más tarde resultará ser una bolsita de droga- que hace que los malhechores y aquéllos que tratan de atraparlos hagan girar la historia. El carnaval y su mascarada propician el suspense en el filme, a través de un continuo juego de equívocos entre personajes.

Pero teniendo en cuenta que la formación hollywoodiense de Edgar Neville no consigue eliminar su carácter castizo, esta primera lectura del filme resulta limitada e insatisfactoria. "…Cuando se es, ante todo y sobre todo madrileño como yo, se siente el sainete mejor que otros géneros", afirmaba el propio Neville. De hecho, el interés de Domingo de carnaval reside en cómo en un género como el de intriga policíaca se filtra, sin fisura alguna, el sainete costumbrista. Así, el MacGuffin pasa a ser el propio asesinato, elemento que carece de importancia pero que hace que la historia se ponga en marcha; una historia en la que importa, sobre todo, el carnaval; periodo de tiempo -tres días en la historia; hora y veinte minutos de la película- en el que se invierte el orden imperante. Gracias a ello, la cámara es libre de vagar por el rastro madrileño de forma aparentemente dispersa para filmar a un "mundo popular y espontáneo".

Maialen Beloki




Aprovechemos Domingo de Carnaval para realizar una doble impugnación a aquellos que tienden a olvidar la obra de un cineasta irregular, pero digno de memoria:

1º "El cine de Edgar Neville negó la mirada a los problemas de su época". Desechemos este argumento porque siempre se ganó el perdón aquel capaz de tener el valor de reírse en medio de la oscuridad. Y porque, en ciertos procesos históricos, el sonido de ciertas risas puede ser lo más molesto para un régimen y lo más saludable para un pueblo.

2º "El primer cine de Neville adolece de un excesivo descuido formal." Sin embargo, es difícil encontrar un cineasta que filme con tanto amor. Amor por los tipos peculiares, por los bigotes, por las vendedoras callejeras, por las barrigas, por los charlatanes, por los acentos y el deje de la gente llana, por sus fiestas y espectáculos populares, y por las sencillas historias costumbristas españolas. Es imposible no sentir ese mismo amor al presenciar este carnaval policiaco. Al fin y al cabo, Neville no buscaba en el cine más que aquello que la literatura no le permitía: retratar en imágenes olvidando la gramática.

Fernando Ganzo




Hay películas que están al servicio de ingeniosos diálogos, de actores con gran personalidad o de grandes historias. En el caso de Domingo de carnaval, en cambio, hay algo que prima sobre todo esto y es la plástica de sus ambientes, de su carnaval. A pesar del sencillo argumento (durante la madrugada del domingo, se descubre un asesinato, que en la tarde del miércoles, durante el entierro de la Sardina, se revela su autor), de su blanco y negro (quizás, más bien una ventaja) en contraposición con unas fiestas de tanto color, Neville lo conjuga todo en una búsqueda plástica que nos conduce a las viejas calles de un fascinante mundo de máscaras y caretas, charangas y fiesta; en una tierra descuartizada de arena, muros y tapias. Neville, a modo de pintor, compone un Madrid de principios de siglo, un Madrid oscuro y confuso en el que no se sabe muy bien quién es quién. Domingo de carnaval es un film, como decimos, donde las preocupaciones estéticas son más que evidentes y en el que está muy presente la pintura de Solanas, (es sabido el interés que siempre mostró Neville por su pintura). Neville, o quizás habría que decir Barreyre, utiliza el blanco y negro de igual forma que Solanas recurre a su paleta de ocres oscuros y negros opacos, para plasmar, igual que en el film, figuras de expresividad grotesca y máscaras de animales que encarna la animalidad humana; todo ello en un escenario que deja traslucir la idea de una "España negra", miserable, ignorante y profundamente atrasada.

Aunque no de igual manera, también encontramos la presencia de la pintura de Goya, que tanto influyó a Solanas, y que se hace especialmente palpable en los últimos planos del film, donde Neville compone unas escenas idénticas al famoso cuadro de El entierro de la sardina (que incluso el propio Solanas imitó, en 1912).

Domingo de carnaval

Un film, por lo tanto, donde Neville logra uno de sus mejores trabajos visuales y que podríamos resumir como una "Poesía maldita de máscaras nevillescas donde se baila la danza de la muerte".

Féliz García de Villegas Rey

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