REFLEXIONES SOBRE LA NUEVA ERA DEL ESPECTÁCULO: EL INTERFAZ, Fernando Ganzo

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Reflexiones sobre la nueva era del espectáculo: el interfaz


La Humanidad tiene ahora un cerebro artificial, que son los ordenadores, con un sistema nervioso artificial, que es Internet, que ha modificado por completo la condición humana.
Edgar Morin

En la relación del hombre con sus espectáculos puede verse una representación de sus sistemas mentales y sociales, evolucionando a lo largo de la historia. Si en el teatro griego la idea aristotélica de la identificación suponía una concretización del conflicto entre lo apolíneo y lo dionisiaco (el teatro occidental hubo de esperar hasta el siglo XX para que Bertold Brecht cuestionara el proceso; podemos hacernos una idea de lo enraizado que estaba), las posteriores invenciones complicaron la posición del hombre con la realidad.

Así, la cámara oscura puede verse como máxima representación del empirismo, así como de la individualización de la mirada. Por último, el cine supuso la representación de un mundo inconsciente, la experiencia más parecida al sueño, en un momento en el que las teorías psicoanalíticas tomaban un peso que terminaría siendo aplastante.

Si seguimos esta trayectoria de los espectáculos visuales, esbozada rápidamente, podemos darnos cuenta de una diferencia fundamental en la siguiente parada, la actual, la interfaz, y que adquiere en youtube (tras los videojuegos) su representación fenomenológica más significativa.

En el interfaz, la mirada retorna a una objetividad inexistente en el cine, en el sentido de que el espectador ya no realiza un proceso de identificación, sino que ES, en sí mismo, y decide de una manera real. El gran paso dado por el interfaz en la relación del hombre con el espectáculo que él mismo crea para sí es la identificación absoluta del simulacro con la realidad.

Jean Baudrillard, en Cultura y Simulacro, se apropia de una parábola de Borges, en la que un emperador, deseoso de poseer un mapa perfecto de su vasto imperio, terminó haciendo que sus cartógrafos desarrollaran uno que coincidía exactamente con el territorio en todas sus dimensiones, cubriéndolo hasta el punto de no poder distinguir la realidad de los restos de ese mapa que poco a poco se deshacían sobre él.

El interfaz, como fruto de la tecnociencia, nos ha llevado a una situación así, donde el simulacro, la pantalla del ordenador, abarca la realidad… o es incluso más "real". Así, los mundos virtuales como Second Life han dejado paso a comunidades de relaciones sociales como Facebook, donde los vínculos afectivos, los gustos personales y otros elementos que conforman nuestra identidad se han convertido en una base de datos, o en youtube, donde el diálogo en vídeo provoca interconexiones entre usuarios que no se conocen fuera de ese simulacro de realidad que han creado. Por no hablar de que llevan el voyeurismo a un nuevo nivel, ya que el voyeur se observa a sí mismo1.

Al igual que con los videojuegos, este nuevo paradigma puede ser interpretado bien como un alejamiento de la realidad, bien como un índice de esta, o incluso como una revelación. Pues ¿acaso en este mundo de simulacro el usuario no desarrolla la verdadera visión que posee de sí mismo, lejos de las cohibitivas ataduras sociales del mundo "real"? Nuevamente, el fenómeno emergente que suponen estas segundas realidades no enseña sobre ese gran fenómeno emergente (a estas alturas ampliamente aceptado como tal) que es la mente humana.

En cualquier caso, retomando el concepto de tecnociencia, los límites se vuelven cada vez más difusos, y resulta difícil afirmar cuándo se está en el mapa y cuando en la realidad, como en el cuento de Borges. La identificación es tal que podríamos afirmar, incluso, que no se puede saber qué partes de esa realidad han sido precedidas y engendradas desde el mapa.

Uno de los cambios fundamentales en la relación del espectador con el espectáculo que supone la interfaz es precisamente esta idea de "penetrar" en el simulacro, volviéndolo realidad. A diferencia del teatro o el cine, donde tenemos ante nosotros aquello que se supone que hemos de ver, y donde la barrera sólo puede ser eliminada desde la consciencia, en el interfaz la mirada del espectador se dirige "dentro de lo que ya mira", es decir, miramos unidades de significado aún menores dentro de la propia pantalla del ordenador. Esa segunda mirada es la que objetiviza la mirada, como antes adelantaba, ya que permite eliminar la programación catártica del discurso, y que sea el propio espectador el que la construya, el que se construya a sí mismo, el que decida mediante los movimientos del ratón su propio itinerario multimedia a través de Internet.

Un mundo "entre"

Etimológicamente, el neologismo interfaz viene del inglés, donde viene a significar "superficie", sin embargo, si jugamos un poco con el término podemos llegar a una interesante idea. Propongamos otra raíz etimológica, el inter+facies, es decir, entre rostros. ¿Acaso en esta nueva era comunicativa el interfaz no se ha convertido en la evidencia de un mundo "entre" usuarios? Dentro de este simulacro, la única relación "real" establecida por el interfaz es la de estar "en medio", la de proponer un mundo falso entre personas reales donde estas se sumergen.

La idea puede sonar a pesimismo posmoderno, pero no quiero que se vea así. Podemos decir que Jean-Luc Godard, en sus textos y en su cine, concebía esto de forma utópica. Jacques Aumont2 apeló a la "estética del entre" del franco-suizo, y Gilles Deleuze lo definió de este modo: "Lo que cuenta en Godard no es esto o lo otro, o no importa qué, es la Y, la conjunción Y. El uso de la Y en Godard, esto es lo esencial. Es lo importante porque nuestro pensamiento está más bien modelado por el verbo ser, ES (…) La Y no es ni lo uno ni lo otro, está siempre entre los dos, es la frontera (…) El objetivo de Godard es ver las fronteras, mostrar lo imperceptible"3.

La obra sobre la que Deleuze reflexionaba al escribir esas líneas es perfecta para aplicarla a esta idea. Six fois deux, como otras obras de Godard, puede ser vista como un antecedente directo del videoblog y de las diversas formas de creación en vídeo que, de manera casi inconsciente, inabarcable e incatalogable están naciendo a la sombra de Youtube. Una característica llamativa de estos vídeos es el empleo, rudimentario, del montaje vertical interlingüístico, intercalando la palabra escrita sobre la imagen a fin de enriquecer el mensaje de la forma más sencilla y directa posible, elaborando auténticos collages textuales, mezclando texturas de una forma en la que podemos ver una especie de banalización de todas estas ideas godardianas. Incluso los programas de edición más simples incorporan herramientas básicas para naturalizar esta operación, presente en un alto porcentaje de vídeos de usuarios de youtube.

Imagen 1 Imagen 2

Imagen 3 Imagen 4

Fotogramas de 4 con textos superpuestos y voz en off.

De hecho, incluso el lenguaje televisivo, en su metamorfosis post-internet ha incorporado este recurso, y haciendo un zapping en cualquier momento del día por cadenas generalistas, en varias de ellas encontraremos mensajes escritos sobreimpresionados en la imagen.

Merece la pena pararse en esta proliferación de la palabra escrita en el interfaz, en una era en la que, no hace mucho tiempo, diversos teóricos de la imagen profetizaban un apocalípsis del verbo escrito. Ello no elude una nueva banalización (el origen del término como "superficie" es igualmente significativo, a la luz de los ejemplos de los párrafos anteriores). Walter Benjamin lanzó una bella reflexión acerca del uso dictatorial de la palabra con fines publicitarios: si la palabra escrita nació siendo vertical, de tipo mural, "hace siglos empezó a reclinarse gradualmente, pasando de la inscripción vertical al manuscrito que reposaba inclinado en los atriles, para terminar recostándose en la letra impresa, y ahora comienza, con idéntica lentitud, a levantarse otra vez del suelo. Ya el periódico es leído más vertical que horizontalmente, y el cine y la publicidad someten por completo la escritura a una verticalidad dictatorial"5.

Con la aparición del sonoro, la palabra escrita fue "purgada" del cine, pero, subrepticiamente, el interfaz le devuelve esa "verticalidad dictatorial", librándola de ese refugio horizontal que supone el libro, y masificándola. Resulta curioso que en plena era de la imagen, y a través de pantallas, se esté leyendo quizás más que nunca en toda la historia reciente de la humanidad, aunque quizás sean ciertas estas implicaciones alienantes.

El surgimiento de esta nueva relación con el espectáculo es, pues, muy complejo. Por fin se ha alcanzado esa soñada objetivación de la mirada, pero, paradójicamente de la mano de uno de los aparatos cumbres del capitalismo. Benjamin nos permite darnos cuenta de que la idea del sistema que se devora a sí mismo que muchos han visto en internet está más alejada de la verdad de lo que les gustaría.

Y tampoco estamos ante un fin de proyecto que confirmaría intuiciones anteriores (no sólo Godard ve revitalizados sus teoremas en este nuevo momento, también Lacan, vía Zizek). El interfaz supone un nuevo cambio en el paradigma del espectáculo, una nueva representación de esa realidad entre caos y orden explicitada por Antonio Escohotado6, fruto de sistemas complejos y autoorganizados. Las teorías defendidas por la escuela de Bruselas, Prigonine a la cabeza parecen más dignas de ser tomadas en consideración que nunca a la hora de valorar una relación entre espectador y espectáculo que es, en definitiva, la viva imagen de nuestro tiempo.

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ANOTACIONES

1 Ver texto de Josep María Catalá "El grado cero de la imagen: formas de la presentación directa" en Cine Directo. Reflexiones en torno a un concepto.

2 «Godard peintre», en Revue belgue du cinéma, Jacques Aumont, pág. 22-34.

3 «Trois questions sur Six fois deux», Cahiers du cinéma, Gilles Deleuze, nº 352, octubre.

4 Youtube, entre otras muchas vías de investigación fascinantes tiene esta: el nuevo y masivo eslabón en la larga tradición artística del apropiacionismo.

5 Walter Benjamin, Dirección única, 1955, pág. 38.

6 Antonio Escohotado, Caos y Orden, 1999.

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